jueves, 7 de noviembre de 2019

Desde su fundación, la masonería ha encontrado la oposición de distintos tipos de actores sociales. Los motivos de esta oposición pueden haberse referido a la Institución masónica en cuanto forma de organización, o bien poner el acento en una característica pretendidamente negativa de sus principios filosóficos y valores morales.
En todo caso, la oposición más visible contra la masonería es y ha sido aquella que, proviniendo desde las estructuras próximas al poder, o desde el poder mismo, ha adoptado la forma de su prohibiciónanatemizaciónpersecución y castigo.
La Masonería se define a sí misma como adogmática e integrada por librepensadores y humanistas, y describe sus formas de actuar como tolerantes, soberanas y democráticas. También se autodefine como una institución de carácter iniciático y filosófico fundada en la fraternidad y como una escuela moral que busca el desarrollo del ser humano. Niega ser una religión,1​ más bien una sociedad filosófica.2​ Pero la masonería insiste en que su metodología iniciática tiene una formulación ritualística y una liturgia que, aún no siendo religión en el sentido usual del término, responde a inquietudes humanas semejantes, dando lugar a análogas controversias.
No se define como una sociedad secreta, sino discreta. Según Alain de Benoist, es una sociedad secreta pero visible.3​ Pero como todas las religiones, tiene como base la metafísica. Uno de sus componentes y atractivos esenciales es la pretensión o la presunción de poseer un conocimiento secreto, una gnosis, que sólo se comunica a los iniciados. Por otra parte, la doctrina masónica se basa en multitud de sincretismos -copiados de muchas fuentes-, tanto en su filosofía como en su simbolismo y rituales, ampliando así su red de atracción.

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