Desde su fundación, la masonería ha encontrado la oposición de distintos tipos de actores sociales. Los motivos de esta oposición pueden haberse referido a la Institución masónica en cuanto forma de organización, o bien poner el acento en una característica pretendidamente negativa de sus principios filosóficos y valores morales.
En todo caso, la oposición más visible contra la masonería es y ha sido aquella que, proviniendo desde las estructuras próximas al poder, o desde el poder mismo, ha adoptado la forma de su prohibición, anatemización, persecución y castigo.
La Masonería se define a sí misma como adogmática e integrada por librepensadores y humanistas, y describe sus formas de actuar como tolerantes, soberanas y democráticas. También se autodefine como una institución de carácter iniciático y filosófico fundada en la fraternidad y como una escuela moral que busca el desarrollo del ser humano. Niega ser una religión,1 más bien una sociedad filosófica.2 Pero la masonería insiste en que su metodología iniciática tiene una formulación ritualística y una liturgia que, aún no siendo religión en el sentido usual del término, responde a inquietudes humanas semejantes, dando lugar a análogas controversias.
No se define como una sociedad secreta, sino discreta. Según Alain de Benoist, es una sociedad secreta pero visible.3 Pero como todas las religiones, tiene como base la metafísica. Uno de sus componentes y atractivos esenciales es la pretensión o la presunción de poseer un conocimiento secreto, una gnosis, que sólo se comunica a los iniciados. Por otra parte, la doctrina masónica se basa en multitud de sincretismos -copiados de muchas fuentes-, tanto en su filosofía como en su simbolismo y rituales, ampliando así su red de atracción.
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